lunes, 20 de diciembre de 2010

¿A quien no le gusta la política?

DEL BLOG DE ROSA DIEZ

Dicen que a los españoles no nos gusta la política, que preferimos la demoscopia para ir por detrás de los acontecimientos o para hacer aquello que la mayoría ha manifestado querer a través de las respuestas forzadas por las preguntas pertinentes.

Es normal; si el propio Gobierno –quien debiera ser el principal actor político del país- fundamenta el mantenimiento del Estado de Alarma en que “la comunidad (…) aún teme que hechos similares puedan reproducirse de inmediato) no debe extrañarnos que la gente en general tenga una mala opinión de la necesidad de la política.

La democracia española es joven y nació de una dictadura que se empleó a fondo para denostar la acción política. Franco mismo aconsejaba a sus allegados que no se metieran en política, como a su parecer hacía él mismo. Para muchos conciudadanos nuestros de generaciones anteriores a la mía la política fue la responsable de la guerra que dividió España y a los españoles; la política trajo la persecución, el enfrentamiento, el hambre…

Esas generaciones que aborrecían de la política le llamaban política a las ideologías enfrentadas, a la incapacidad para defender lo común, para entenderse entre españoles por encima de los proyectos ideológicos; le llamaban política a lo que no es sino interés partidario.

Hoy, tras treinta años de democracia, no parece que hayamos avanzado mucho en la definición y el interés por lo político. Claro que tiene su explicación: si durante toda la dictadura se hizo una pedagogía que fortalecía el recuerdo del por qué empezó la guerra denostando la política para denostar la democracia, durante toda nuestra joven democracia hemos hecho leyes democráticas, hemos construido instituciones democráticas, nos hemos integrado en la Europa democrática…, pero no hemos hecho pedagogía democrática.

Los jóvenes españoles no han sido educados para valorar y preservar los valores democráticos; no les hemos enseñado que nada de lo que recibieron está asegurado; no les hemos enseñado el valor de la participación política; no les hemos inculcado la necesidad de defender lo que nos une, los valores comunes, los principios democráticos.

No estoy hablando de la educación reglada, sino de la que se obtiene a través de todos los canales de comunicación. Nadie explica en ningún medio ni a través de ningún prescriptor de opinión algo tan elemental como que si no hay política no hay democracia. No lo hicimos cuando los políticos no éramos percibidos por los españoles como uno de sus problemas más importantes; y vamos a tener que hacerlo ahora. Como siempre, por no hacer las cosas cuando hay que hacerlas hemos de hacerlas cuando no nos queda otro remedio y en la peor de las condiciones posibles.

Ruiz Soroa escribió un magnífico artículo publicado en El Correo el pasado 16 de diciembre en el que plasmaba en una sola frase toda mi preocupación: “La degeneración de nuestra democracia no vendrá- dicen los expertos- por el lado de los golpes de estado, sino por el populismo difuso. Por el avance imparable de un estado de opinión en el que el sentir ciudadano tomado en bruto, sin reflexión ni educación, se imponga a la acción de gobierno. Lo que sucede hoy es un síntoma preocupante de la bondad del pronóstico”.

Me dirán que no es nuevo, que ya hace mucho que se publicó que cuando llegó Zapatero a la Moncloa pidió a sus asesores que le llevaran sólo las propuestas que tuvieran detrás de si al sesenta por ciento de los españoles, y que eso sería lo que harían. Que así se desarrolló la primera legislatura, con iniciativas disparatadas que se sustentaban en la necesidad de diferenciarse del otro, con un odio un odio cuidadosamente cultivado hacia el ideológicamente diferente al que convirtieron en enemigo desde las filas del Partido Socialista.

Con esa premisa se arrambló socialmente con una tercera España que se había intentado reconstruir en los primeros años de la Transición y la democracia; con ese cálculo partidario ( había que favorecer el nacimiento de una extrema derecha con presencia institucional para evitar que el PP volviera a ganar en mucho tiempo unas elecciones generales) se arrumbó la incipiente valoración de la acción de la acción política. Cuando el cainismo volvió a imperar en los modos de hacer política en España, muchos ciudadanos –otrora interesados o incluso involucrados–, decidieron volver a sus cuarteles de invierno y pasar de la política.

Y así hemos llegado a esta situación en la que la ley se retuerce sin que pase nada. En la que la seguridad (para volar los puentes y fines de semana) se invoca como un elemento superior a cualquier valor democrático, inclusive la seguridad jurídica de todos los ciudadanos. Y distintos Ministros califican de “un pulso al Estado”, la acción salvaje e injustificable de los controladores. El mismo autor, Ruiz Soroa, escribía el 16 de diciembre en El País otro artículo de lectora obligada: “¿Hemos perdido el juicio?”, que terminaba con esta frase: “Al Estado le echan un pulso los etarras, los controladores le echan un pulso a una empresa aeroportuaria llamada AENA. Sólo en la concepción del “Estado total” fascista puede confundirse entre el Estado y una empresa, entre el Estado de derecho y el Estado productor, y sólo allí puede criminalizarse el desbarajuste laboral como si fuera un motín contra la patria”.

Habrá quien considere que no es para tanto, que no hay por qué alarmarse, que al fin y al cabo los controladores son una tropa que se merece cualquier cosa que les pase… Haríamos bien en no perder de vista que no estamos hablando de los controladores sino de ese “populismo difuso” que es extremadamente peligroso. La actuación del Gobierno en esta materia,– y de todos los medios de comunicación, jueces, fiscales, columnistas, prescriptores de opinión, editorialistas, y buenas gentes en general que “comprenden” el golpe legal—anticipa gráficamente la degradación de nuestra democracia.

Levantemos la voz quienes creemos que la ley es soberana; levantemos la voz quienes temamos que el Gobierno esté empezando a emular las consignas de aquel insigne jurista alemán, Carl Shhmitt que decía:”es soberano quien decide sobre el estado de excepción”. Levantemos la voz quienes estamos comprometidos en regenerar la democracia a través de la acción política, quienes creemos en la POLÍTICA con mayúsculas, quienes sabemos que sin política no hay democracia. Levantemos la voz para que nuevas gentes se enganchen a la democracia, para que más y más ciudadanos decidan participar. Alertemos a los jóvenes; despertemos a quienes se marcharon defraudados; movilicemos a esa tercera España que es stablishment quiere hacer desaparecer del espacio público. Como decía el pasado viernes en los desayunos de TVE Alex de la Iglesia a propósito de su película “Balada triste de trompeta”, entre el payaso y el monstruo tiene que haber algo más

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